La falta de empleo ha sido, por muchos años, el problema social más grave de México. La
carencia de empleo es una de las expresiones más agudas de la pobreza. Este fenómeno
de escasez de empleo, aunado a las diferencias salariales de México con Estados Unidos
explica, en gran medida, el fenómeno migratorio de mano de obra mexicana a ese país.
La oleada migratoria, aunque no puede considerarse un fenómeno nuevo, ha adquirido
mayores proporciones y algunas características diferentes a las de las anteriores (véase
Conapo, 2005).
La Población Económicamente Activa (PEA) en México representa cerca de 60% de la
población de 14 años y más, y si bien ha disminuido su tasa de crecimiento medio anual
de 3.5 a 1.9% del periodo 1982-1993 al 1994-2010, ésta sigue siendo alta en comparación
con el ritmo de crecimiento del empleo remunerado. En 2004, la PEA ascendía a 42
millones.
El número de empleos requeridos para cubrir las necesidades del incremento
anual de la oferta laboral era de poco más de un millón cien mil (Censos Nacionales de
Población y Vivienda, Instituto Nacional de Estadística, Geografía e InformáticaI, México).
La economía mexicana no ha sido capaz de generar el número total de empleos formales
requeridos en ninguno de los últimos quince años, para no hablar de la llamada
“década perdida”, de los años ochenta. Por ello, podemos inferir que, sin lugar a dudas,
hay un déficit acumulado de empleo, difícil, sin embargo, de precisar.
En la década actual la economía mexicana ha estado lejos de generar entre uno y
1.2 millones de empleos, que exige el aumento anual de la PEA. Ni siquiera el creciente
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ECONOMÍA unam vol. 8 núm. 23
flujo migratorio de mexicanos a Estados Unidos ha evitado que la tasa de desocupación
bruta aumentara entre 2000 y 2010. Y aunque entre 2004 e inicios de 2008 el empleo
creció de manera importante como resultado del incremento del Producto Interno Bruto
(PIB) real, sigue siendo insuficiente para cubrir rezagos, los cuáles se acentuaron con la
reciente crisis económica.
Al mismo tiempo, se presenta una nueva característica: el empleo
formal se parece cada vez más al informal. La evidencia señala que no solamente ha
crecido el desempleo sino que ha crecido la población ocupada sin prestaciones sociales,
así como los empleos informales.
En efecto, en la primera década del siglo XXI, además del incremento de los niveles
de desempleo, creció significativamente la informalidad en la economía y los ocupados
sin protección social. Se observa, asimismo, un amplio vacío para generar puestos de
trabajo en sectores industriales. En suma, según cifras oficiales actualmente hay cerca
de 1.5 millones de desocupados más que en 2000. Además, en este mismo periodo
la tasa de presión general (porcentaje que representa la población desocupada más la
ocupada que busca trabajo, respecto a la población económicamente activa) creció en
al menos 2 veces en 22 de las 32 entidades de la República.
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